Sunday, July 09, 2006

viaje profundo

La última vez que estuve en el cementerio de Valparaíso, le pregunté a mi papá, si quería que lo enterráramos ahí, con su familia. Mi madre me miró, hizo una mueca de "no seas desubicada con esa pregunta", mientras que Bertie me respondía tranquilamene "no, acá no... yo quiero estar con tu mamá". No deben haber pasado 6 meses y estábamos todos en el parque del recuerdo cantando "Oh what a beautiful morning", despidiéndolo para siempre.
No es que me gusten los cementerios, de hecho, el Parque del Recuerdo no me gusta. Tan plano, tan "aquí no ha pasado nada". Me gusta más el lado potente de los otros cementerios. De arboles, flores secas, mausoleos, de olor a viejo. No sé por qué el viernes terminé en el cementerio, pero estuvo bien. Estuvo bonito. El cerro, el cielo recién despejado, las escaleras, los travestis.

Valparaíso me produce una conexión subcutánea con mis antepasados. Lo mismo que me pasa con Londres, lo mismo que me pasa en Francia.

El viernes viajé por las sensaciones, por caminar bajo la lluvia torrencial del puerto, por estar dentro de un café, sola, como cuando estaba en Europa, y abrir mi croquera y entrar en mi propia frecuencia. Turistear no siendo 100% turista, pero igual.

De pronto ciertas circunstancias me están haciendo sentir nuevas sensaciones.
(¿Qué iba a hacer yo sola caminando por Valparaíso? Jamás hubiera estado ahí).
De asumir cariños sin condiciones. De entregar cariño sólo por el gusto de hacerlo, sin hacer cálculos matemáticos y que la balanza se descompense.

Pese a que hayan días snif, la sensación general es otra. Llorar siempre sirve.

Cierro mi fin de semana contenta de cada uno de los minutos de este fin de semana. De una dosis perfecta de P, de una dosis tan necesaria de amigos, de una dosis de frío, de calor, de sueño, de futbol, de mar, de balcón, de lluvia, de correr, de diagramar, de Margot, de mails.

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